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lunes, 11 de julio de 2016

LA BESTIA

                                                                                                                                


            Esta tarde, D. Mariano nos pregunta para asegurarse de nuestra atención. Es un hombre mayor de pelo absolutamente blanco, pero infalible para darte con la tiza en el punto exacto de la cabeza si te sorprende ausente. Detrás de él tiene la pizarra cuajada de nombres históricos, de fórmulas matemáticas y de raíces cuadradas; un totum revolutum que me causa rechazo.
- “A ver tú: fundación del Imperio Romano; los fenicios; papel de Roncesvalles en la Reconquista…”
            Años de práctica me permiten sortear estos escollos que quieren rasgar la panza del buque que me lleva y puedo contestar, desde allí donde me encuentre, para librarme del impacto. 
            ¡Despierta!, así era como, con un pescozón, se dirigían a mí mis mayores. Y es que sujetar la atención durante más de cinco minutos era para mí una empresa titánica. Ya de pequeño supe que podía soltar las amarras para navegar por los siete mares sin que nadie pudiese impedirlo.
            Durante años me acostumbré a vagar por la ciudad alternando mi desbaratamiento mental con las largas caminatas. Me estimulaba el peligro de adentrarme en el tráfico caótico mientras que, interiormente, recorría selváticas veredas sacudidas por paquidermos que podrían aplastarme como a una brizna de hierba. Por supuesto que requería de autocontrol para no quedarme varado entre los dos mundos. Me salvaba el esfuerzo que hacía por distribuirme entre ambos aspectos de mi vida, aunque no siempre lo consiguiese.
            En una ocasión la policía me devolvió a casa tras haber recibido aviso por parte del vigilante de seguridad que me había encontrado con la mirada perdida en algún centro comercial, desarbolado e incapaz de dar razón de quién era. Estos sucesos alarmaban a mis padres, que vivían con pánico cada vez que salía por la puerta. ¡Tengan cuidado, que ahora los chicos abusan de las drogas!, les decían.
            A veces, al ver llorar a mi madre sentí remordimientos pero yo no podía – y creo que si hubiese podido no habría querido- renunciar a mis fugas. No puedo evitar pensar que, si hubiese sido capaz de cambiar por ella, tal vez ahora no me encontraría en esta situación.
            ¿Cuándo comencé a dormir menos? Casi siempre me tumbaba con los ojos taladrando el techo y con la mente flotando ingrávida. Era un estado monocorde, profundo y en sordina tan reparador como el sueño al que gradualmente sustituía. Así las cosas cualquiera se habría preocupado seriamente por mí, por lo que decidí que mis padres no debían conocerlo para que no se angustiasen.
            Llegó un punto en que no dormía nunca o, también podríamos decirlo así, en que lo hacía sin cesar puesto que siempre estaba, si las circunstancias me lo permitían, en ese estado de duermevela que tanto me gustaba. Comencé a experimentar cambios que denotaban la fusión de ambos mundos. Cuando por ejemplo era de noche y no tenía que emerger en cierto tiempo, me dejaba caer en el universo onírico y allí vivía, experimentaba y conocía a personas que me importaban pero que apenas recordaba de vuelta a la vigilia. Vivía una dualidad que a veces me hacía dudar de en cual de los dos estados me encontraba; situaciones donde todo era familiar e impreciso, pero que me inquietaban poco rato porque las olvidaba de vuelta a lo cotidiano.
            Una noche mis padres roncaban a pierna suelta, yo buscaba un pijama limpio en el armario cuando mi mano no tocó fondo y, entonces, me deslicé por el boquete. No sé cuántos peldaños descendí por la escalera, pero hasta mí llegaban los sonidos familiares a la hora de la cena -platos, risas, televisores-, por lo que creí que era una arteria de madera incrustada en el edificio junto a las viviendas. Al cabo de un rato me di cuenta de que a mis pies sonaba una música de jazz y el murmullo de gente entrechocando cristales. Me descolgué a lo que parecía el trastero de un bar, con mesas y sillas de plástico acumuladas por las esquinas. Como estaba casi a oscuras, me golpeé la espinilla con una de las muchas cajas de cerveza todavía cerradas. Nada más abrí la puerta dos chicos me palmearon la espalda “¡Ya era hora de que bajases, íbamos a subir a por ti!” Una joven al fondo del local envuelta en el humo del tabaco me sonrió y levantó la copa hacia mí. A través del cristal de la puerta se veía la calle, supe que acababa de llover porque las farolas se reflejaban en el asfalto mojado. ¿De verdad que el armario empotrado de mi habitación comunicaba con un bar del que, todo parecía indicarlo, yo era un habitual?, ¿y si algún cliente subía a mi casa deshaciendo el mismo camino? No recuerdo demasiado de esa noche, pero me lo pasé genial bebiendo y riendo con mis amigos y hasta me morreé con la muchacha que al principio de la noche había alzado la copa hacia mí. A la mañana desperté con una resaca terrible pero con tan buen recuerdo –hasta yo desconocía mi vertiente extrovertida- que quise regresar más veces. Entonces examiné el armario en busca de la abertura pero aunque lo vacié de ropa y pasé la mano por cada juntura milimétrica no la encontré de manera que, cuando desde la acera examiné la fachada, ya me temía lo peor. Más adelante, sin pretenderlo siquiera, volví para correrme más juergas con los mismos amigos, pues se trata de un lugar al que solo se regresa casualmente. Puedo decir con orgullo que hasta llegué a tener, como los mejores clientes, una botella de tequila marcada con mis iniciales S. P., Señor Pijama, que era como me llamaban ahí. 
            Esta anécdota no es si no una más de tantas, una muestra de una tendencia que el tiempo se encargó de incrementar hasta el extremo. Ya en mis más tiernos años buscaba durante las clases el estado mental que me permitiera desconectar. Hacia los seis años los profesores gritaban mi nombre hasta que me encontraban en el más intrincado rincón del jardín, contemplando el lento formar del capullo de un gusano de seda. Para evitar estos escándalos, averigüé que podía acceder a cualquier lugar imaginable sin tener que moverme de mi pupitre de colegial, mientras el maestro me suponía a su merced. Mi propensión a las fugas me otorgaba una expresión de papanatismo que contribuía a que no me tomasen en serio, por lo que podía permanecer huido el máximo tiempo antes de que, a mí alrededor, saltasen las alarmas. A los ojos de los demás mis rarezas eran inclinaciones peregrinas que no dañaban a nadie. Mis padres me toleraban sin aspavientos puesto que aprobaba los exámenes como el resto de mis compañeros. Supongo que, con el tiempo, mis ausencias eran bien recibidas ya que no constituían un problema, como si lo eran los chicos chillones y revoltosos. 
            Así las cosas, se comprende que a día de hoy en el instituto pueda desdoblarme sin que el profesor se percate de que apenas soy una carcasa vacía y de que mi espíritu vaga lejos. Mucho más que las libretas que camuflo entre los libros y que es donde trazo el dibujo de mis pensamientos más personales, esta dualidad es para mí un arma perfecta para escapar, sin llamar la atención, de las monsergas con que me atormentan. La práctica me permite contestar preguntas tales como en qué año se fundó el Imperio Romano, los fenicios o el papel de Roncesvalles en la Reconquista; aparentar así que me encuentro entre ellos y salir del paso gracias a ciertos automatismos del cuerpo que todos traemos desde las cavernas junto con el instinto de supervivencia. De mi albedrío depende cuanto tiempo ausentarme, a donde trasladar mis pensamientos e, incluso, qué parte dejar de guardia.
            Hace rato que la voz de D. Mariano fue batida por las olas de una tarde anodina que me engulle. Desde el patio llega el chirrido de las cigarras. De vez en cuando entra un golpe de brisa con aroma a vacaciones. Tengo sed. El sabor a sal no impide mi desasimiento. El sopor me pierde así como el latigazo del cetáceo aleja los botes maltrechos.  Las cigarras a mí espalda han levantado una columna que me separa del mundo. El mar me mece y me sumerge en un sueño del que parece imposible escapar. Un latido profundo me arrojó en esta playa donde duermo aturdido.
            Un olor fortísimo, mareante como una droga, me pone en guardia. Entreabro los ojos y veo unas pezuñas que levantan polvo junto a mi  cabeza. ¿Qué es? Las patas son fornidas, recubiertas de un vello de alambre. Repentinamente se revuelve y entonces me llega un puñetazo de este aroma bestial. Cierro los ojos pues presiento que corro peligro de muerte si se fija en mí; pero ya se ha impresionado en mi retina, tan vivo, que arde en mis ojos de manera que temo no poder volver a ver el sol. Es enorme, una mezcla de bestia y hombre tan brutal que podría desmembrarme sin esfuerzo. De pronto su crin roza mi cara petrificada y me ahoga el hedor de su aliento. Me doy cuenta de que se burla cínicamente de mi intento infantil de engañarle, pero parece más interesado en husmear entre mis cosas que en mí. Transcurre un tiempo que se me hace eterno hasta que me permito una rendija: ¡Está leyendo mi diario! Hay una incongruencia tal entre su aspecto brutal y su actitud inteligente que un escalofrío me recorre la espina dorsal. Soporto una eternidad inmóvil, temiendo que de un zarpazo me arranque la cabeza, que me reviente el pecho de una coz. El hedor me narcotiza permitiéndome soportar la agonía. Ya amanece cuando por fin miro a mí alrededor. Se ha marchado.
            Me sentí mal cuando vi las huellas de las pezuñas. ¿Cuánto puede pesar para hincarse así en la tierra? En cuanto me he dado cuenta de que faltaban mis diarios me he echado a temblar ¿para qué los quiere?, ¿una criatura así puede leer? Que de entre todos estos objetos seleccionase las libretas me parece aberrante. Si descifra mi lenguaje no tendré secretos para él; mi mente y mi corazón caerán en su poder. Esto me ha dejado un sabor sangriento del que no me he podido librar ni aun escupiendo sobre esta tierra que se alborota como si disparase sobre ella. A partir de ahora las horas pasarán lentas temiendo su regreso.
            He estado toda la noche mirando el barco, tratando de tomar una decisión. Sin duda que está abandonado; se bambolea al son de las mareas como un funámbulo en la cuerda floja. A veces se oculta detrás del espigón cubierto de palmeras que parte la playa y, a las pocas horas, vuelve a asomar la proa. La decisión es difícil porque su gran tamaño me hace pensar que está más cerca de lo que parece. Lo quiera o no, mis ojos tratan de discernir si hay alguien abordo pero la luz de las estrellas apenas me permite vislumbrar el velamen destrozado por algún temporal. Escogeré el lugar apropiado para lanzarme al agua cuando las corrientes lo acerquen más. Ya no me siento seguro en esta playa; además, si me hago con él, tal vez me sirva para escapar.
            Amanece, no puedo demorarlo más y me encamino hacia el espigón. A mi espalda llevo el petate envuelto en plástico con todo lo indispensable. Cuando llego lo veo, a varios cientos de metros, sobre la piel tirante del mar. Es impresionante; algo en él me recuerda a los galeones españoles del siglo XVI. Tiene el velamen parciamente roto y flameando sus gualdrapas. No quiero pensármelo un segundo y me arrojo desde lo más alto. Mi cuerpo, como una saeta, rompe la superficie del mar. Un paisaje cuajado de colores se abre ante mí cada vez que hundo la cabeza tras tomar una bocanada. Pero no va a ser tan fácil; no sé si es que alguien sujeta mis pies o es que el barco se aleja con cada brazada. La boca me arde de sal y tengo los hombros agarrotados. Siento pánico de que un calambre me paralice. Por fin llego. El casco, de madera pulida, es un muro impenetrable que asciende hasta el cielo. Me maldigo por no haberlo previsto. Imposible pensar en dar media vuelta, las pocas fuerzas que me quedan las malgasto manteniéndome a flote. Me abandono boca arriba en el agua saturada de sal. Tengo que recuperar fuerzas a pesar del peligro de que las corrientes me pierdan para siempre. Cierro los ojos y, cuando los vuelvo a abrir, solo veo el páramo del océano. Estoy seguro de que voy a morir cuando recibo un golpe en la cabeza: me he dado contra el barco, cuyo casco rodeé flotando. En esta parte crece rémora, algas y crustáceos profundamente adheridos. Subo agarrándome y, cuando ya no puedo más, me dejo caer por un ojo de buey.  
            Palpando sin ver, guiándome por un microscópico punto blanco, alcanzo la cubierta. Un golpe de sol me ciega ¿alguna vez soporté una luz tan intensa? Estoy en una nave enorme que no me permite asomarme por la borda. Pero, por algún motivo que todavía no comprendo, necesito ver la playa donde he vivido hasta ahora. Entonces guio mis pasos hacia el puente mayor, el único lugar lo bastante alto como para permitírmelo. Sujeto el timón como un marino que no quiere sucumbir al hechizo del mar y mis ojos recorren la orilla que me parece de otro planeta. Enseguida, en lo más alto de la colina, veo a la bestia.  A pesar de la distancia que nos separa, noto su mirada atravesándome. Sopla un cuerno que desprende un sonido enloquecedor; una única, incesante nota que me embruja. De pronto, entre nubes de polvo surgen las demás grupas sudorosas, los cascos golpeando la tierra, los torsos de una manada demencial que se detiene ante el abismo.
            El terror de saberme su presa me hace lamentar haber tomado, día tras día, la decisión de fugarme de la realidad. A pesar de que cada vez que cedía a la tentación me alejaba un poco más de los demás, yo perseveraba en esa pendiente cada vez más intensa. ¿Cómo exigir ahora verme libre de este destino?
            Bajo a la bodega, que está llena de artefactos mecánicos a salvo del salitre. Es el lugar través del espejo a donde viene a parar todo aquello que se quedó en el camino. Atlas de otras tierras, esferas girando dentro de otras esferas movidas por micrométricas ruedas dentadas que movilizan sistemas solares, grandes cristales que extraen la faceta oculta de las cosas. Intuyo que se trata de una tecnología disparatada, rudimentaria y descomunal de todo lo que pudo ser y no fue. La sola idea de que las bestias sean capaces de comprender los fundamentos de estos misterios me espeluzna. Y entonces, para incrementar mi horror, al ver que ciertas partes delicadas de estos dispositivos han sido engrasadas a conciencia, me convenzo de que la aberrante combinación de inteligencia animal coexiste de manera perfecta en los seres pestilentes.  
            Sé que las bestias esperan el momento propicio para atraparme; podrían hacerlo en cualquier momento, pero disfrutan con las prolegómenos y crueldades de la caza. Estarán esperando a la noche para entender sus redes y atraparme como al insecto en la tela de araña. Subo a la cubierta y trato, dejando caer el peso de mi cuerpo, de girar el timón. Lo consigo y la nave comienza a moverse lentamente mientras ruego al cielo que se adentre todo lo posible.
            “Tal vez derive hacia la alta mar, donde moriré de hambre en unos días”, pienso. Por terrible que pudiera haberme parecido en otras circunstancias es lo menos malo que cabe esperar. El barco se bambolea mientras rodea los escollos hasta que se clava en un banco de arena al otro lado del espigón, a escasa distancia de la playa. Ha sucedido lo peor: si deciden venir a por mí no tardarán en alcanzarme. Mis manos sudorosas se aferran a la baranda temiendo escuchar el sonido del cuerno que anticipa la caza. Sobrepasado por la situación mis nervios parecen ausentes. Antaño, cosas tan rutinarias como escuchar a mi madre trasteando en la cocina o a mi padre orinando de buena mañana me devolvían a la vigilia. Esta vez, el olor nauseabundo de las bestias esperándome en la orilla me disuade de que sea posible escapar tan fácilmente. Lo cierto es que, por primera vez desde hace mucho, me siento tan perdido que soy capaz de mirar con detalle a mi alrededor. En lo alto de la colina se alzan, serenos y majestuosos, dos ángeles tallados en piedra. ¿Qué representan? Lo ignoro. Solo sé que emanan un magnetismo más fuerte que yo.
            Las he visto antes en un recuerdo que regresa con el golpe de una ola. La presencia de estas esculturas pertenecientes a otra dimensión me anonada. El horror que me persigue las ha hecho saltar hasta aquí. “La primera vez fue durante uno de los sueños más intensos que tuve, cuando todavía era un  niño y creía que eran cosas que les pasaban a todos”, me sorprendo a contándome a mí mismo. Ya desde lejos vi los dos custodios y, cuando llegué atraído por una fuerza irresistible, me asomé a aquel borde vertiginoso y contemplé las galaxias expandiéndose en la infinitud, el eco de las supernovas explosionando a millones de años luz y, mucho más cerca, tanto que casi podía alcanzarlos con la mano, los planetas rotando sin cesar junto a sus satélites.
            De pronto oigo el temido cuerno, la tierra golpeada por los pezuñas que anuncian que las bestias dan comienzo a la caza y, sin pensármelo dos veces, me arrojo al agua. Nado con desesperación sin reservarme un ápice de fuerza, tan solo esperando que no me atrapen antes de mi llegada. Toco tierra y corro montaña arriba, sin aliento, con el corazón saliéndose del pecho.
            A mi espalda el golpe de los cascos apedrea la playa; una nube de polvo oculta la manada pero sé que sus húmedos hocicos, las crines sucias y sus feos rostros esperan un tropiezo para abalanzarse sobre mí. Llego sin aliento a lo más alto. Un sol amputado por el horizonte empapa de sangre la grupa del líder, que trepa por los riscos con la agilidad de una víbora. No hay nada que pueda pararle, una voluntad cruel le guía y antes de darme muerte querrá jugar con mi sufrimiento.
            “Si llegase hasta el portal me arrojaría por él, me fundiría en el todo. Podría al menos escapar de este destino terrible”. Ya rozo los pies de los guardianes cuando la garra áspera de la bestia me aferra el tobillo. Levanto suplicante la mirada pero solo consigo que el sol me ciegue. El monstruo salta reventándome los pulmones y todos los huesos del cuerpo. Escucho el gemido de una niña y me doy cuenta de que es él, que se burla de mi estertor con este lloro ridículo, inverosímil. Levanto la mirada una vez más justo cuando del rostro de un ángel cae una lágrima de piedra que yo deseo que me taladre la cabeza. Contemplo a cámara lenta su vuelo rotatorio agrandándose en el espacio, transformándose en una inmensidad blanca que impacta contra mí.

            Como un último recuerdo arrancado a la muerte brota un horizonte de teja cuajada de nombres históricos, de fórmulas matemáticas y de raíces cuadradas; el mismo totum revolutum que llena siempre la pizarra del instituto. En primer término se corporiza un señor canoso, D. Mariano, que sonríe satisfecho por haber dado en el blanco y, de inmediato, la tempestad de risas, un terremoto de mesas y de sillas que caen con estruendo; el cachondeo supremo que cabe esperar de mis compañeros al verme sorprendido.


jueves, 5 de marzo de 2015

Y OTRO MÁS...



Recuerda la primera telaraña que tejió, allá en el hospicio. Los internos estaban tan perdidos como él; un ámbito de desheredados que le despertó el impulso de comunicarse con ellos. Entonces, poseído de un fervor imparable, enhebró una red de símbolos surgida de su interior. Cuando trató de comprender qué mar de corales y caracolas blancas había dibujado no lo consiguió, aunque atronasen sus emociones con la fuerza de un oleaje. Ante la posibilidad de haber plasmado la esencia de su alma, los cosió con un sedal de pescador. Más tarde supo que para cada uno de los internos había diseñado un fragmento que tocaba su corazón, aunque el resto les resultase tan incomprensible como lo era para él mismo.
                            
            Hubo una época en que la incógnita acerca de su naturaleza le dominaba. Entonces pensó que, quizás, también él podría sentir esa fiebre entrevista cuando sorprendía el fragor de unos cuerpos rozándose en la intimidad de las casas…

La primera vez fue en la calle, cuando el gemido de una mujer derrumbada entre unos contenedores llamó su atención. Quiso insuflar aire en sus pulmones y su rostro recuperó al instante el color de la vida. La cercanía de la muerte y el aire purísimo que la inundó hicieron que exudase un aroma animal, pletórico de secreciones hormonales y de alcohol. Atolondrado por el impacto de una vaharada que podría acoger el filo de un cuchillo, le arrebató la botella llena del néctar de los hombres y la vació de un trago. Fue una decisión insólita, pero un vértigo imparable le empujaba.

Ella palpó el cuerpo velado para agradecer la ayuda con el único salario que conocía y deslizó sus manos febriles por debajo de su gabardina. En la penumbra apenas podía verle y lo aceptó sin preguntas, aunque su garganta rugió feroz cuando alcanzó el sexo divino. Él recibió las caricias como un adolescente aturdido que se deja guiar por manos expertas. Los restos del animal que conservaba irrumpieron con fuerza tras eones de inactividad. El lúbrico despertar de su verga de cristal era de pronto un diamante capaz de taladrar todas las carnes. Los golpes vigorosos de sus caderas ondeaban las puntas de la gabardina y la hembra se abría como la tierra yerta con las lluvias tropicales.
Ese día conoció el instinto que enloda el espíritu con los ardores del infierno.

Hubo otras más. Cuando en la distancia escuchaba el clamor de un cuerpo solitario se colaba por la ventana, pirueteaba sobre ellas o las aguardaba en la oscuridad de sus camas donde su mirada ovalada las hechizaba. Otras veces llamaba al domicilio sin luz y, sin fuerzas para cerrar la puerta, caían por la pendiente de sus deseos. Jamás permitió que tocasen sus espaldas. Si alguna vez intuyó que esto podría suceder, giraba el cuerpo desatado para ayuntarse como lo hacen las bestias. Entonces brotaba el germen animal mientras sus caderas vigorosas golpeteaban las nalgas enrojecidas por el gozo.
A menudo eran mujeres aturdidas que ansiaban compañía para poder dormir después de semanas en vela. Discernía signos físicos que ellas mismas desconocían; verrugas que anunciaban enfermedades fulminantes o lunares que significaban virtudes que probablemente jamás descubrirían. Ignoraba los cánones de belleza, la edad o la firmeza de sus carnes puesto que, ante todo, eran para él miembros de una raza aparte.

Los cuerpos que frecuentaba envejecían con los años mientras que el suyo se fortalecía sin cesar. Sus instintos animales crecían con su uso y esto le avergonzaba ya que embotaban su verdadera naturaleza. Se había lanzado a aquel lodazal para ahuyentar su soledad sin que ahora se sintiese más unido a lo humano. Con cada descarga de frenético deseo, las hembras le resultaban tan ajenas como lo eran antes de poseerlas.

            Regresa con frecuencia a casa de Jacinto, para velar por él y porque le trae recuerdos de su estancia en el hospicio. Allí pasa el tiempo escuchando los ruidos que hacen los vecinos: la familia con el niño pequeño en el piso de al lado; sus lloros constantes y las discusiones con el hombre que llega borracho. La viejecita del ático a quien, a veces, un adolescente ayuda a subir la compra. Y todos los demás sonidos banales que llegan desde los otros pisos… Al cabo de las horas resuenan pasos en la escalera, el ascensor y la llave en la ranura pero cuando entran, sólo encuentran los visillos ondeando con la luna.

            Cuando se abisma en su mundo interior aletarga sus sentidos y reduce sus vibraciones, de manera que nadie alcanza a percibir el resto corporal que deja afuera. Lo consigue estando seguro de que allí adonde viaje su espíritu trasladará todo su ser; una convicción sin fisuras que doblega la materia.

            Hace días estaba en el cuarto de ascensores. Su cuerpo embalsamado de telarañas permanecía en pie con la rigidez de una momia, su mente vagaba por regiones remotas. De pronto una pelota botó desde la puerta entreabierta y asomó una cabecita que buscaba el juguete perdido. El niño le miró e hizo ademán de entregárselo, pero un hombre lo sujetó desde el umbral -“Ahí puedes hacerte daño”, dijo.

            ¿Cómo pudo verle? Tal vez su mente sorprendida empañó el cristal de su cuerpo haciéndole de pronto visible. El hombre no se percató siquiera, pero el pequeño habría podido incluso tocarle. ¿Aquella mirada no consiguió que sintiese algo nuevo? ¿Un cosquilleo que le hizo más real? Y entonces aprende de su naturaleza pues si algo hay entre los hombres que le conforte, esto son los ojos de un niño.

            Siempre le apenó ver a la vieja del ático subir las escaleras cargada con la compra. Desearía ayudarla pero, salvo que deba entregar un mensaje, no le está permitido inmiscuirse.

Suena el teléfono en casa de la mujer:

- ¿Patricia Olmedo?  Encontramos este número en una cartera. Sentimos tener que comunicarle…

            Y le dicen que su hijo, de quien hace tiempo que no sabe nada, murió en un accidente. El auricular golpetea contra la pared, un cuerpo frágil se desmorona como un fardo y él comienza a escribir sin remedio. Más tarde subió como una pluma que apenas rozase los escalones, deslizó la hoja por la rendija entre la puerta y el suelo y esperó acurrucado… La respiración alterada, zapatillas taponando la luz entre las junturas; un bisbiseo de labios que descifran y el llanto callado que alivia un tormento. Como tantas otras veces desconoce el contenido del mensaje que escribió, pero sabe que sólo estuvo completo cuando fue leído. Aquel que no puede entremezclarse con los hombres, tiene una razón de ser.



martes, 17 de febrero de 2015

jueves, 12 de febrero de 2015

OTRO FRAGMENTO DE UNA NOVELA (-¿Pero aquí no habla la gente? -No, aquí no habla la gente).

…Y mi ser lleva toda una vida trepando por los edificios, viviendo la mayor parte en sus entrañas, lo cual me da derecho a afirmar que son organismos vivos que nacen, crecen, menguan, mueren. Defecan cuando la infinidad de cañerías vierten sus inmundicias al subsuelo, respiran por sus ventanas, a través de sus instalaciones de aire acondicionado, por todos los poros en su piel de paquidermo. Por todas partes existen aberturas traspasadas por el aire, por el polen, por la humedad, por el frío invernal o la tórrida canícula. Los edificios enferman por defectos de nacimiento, cuando movimientos en el subsuelo los desequilibran y, cuando en sus inicios fueron maltratados, envejecen antes de lo previsto. Gozan, en cambio, de buena salud si recibieron buenos genes y si los cuidan mientras viven. Al igual que todos los seres disfrutan de juventud, de una madurez serena y fuerte, y envejecen con los años. Tampoco ellos escapan a la muerte. Quienes crean que no son seres vivos, están equivocados. En las terrazas recala la fuerza de los astros y el sol dora su piel de día. La lluvia los limpia y riega como hace con los árboles. Son grandes titanes que atesoran tanta materia orgánica como pueda haber en los bosques. La variedad animal, vegetal y mineral que guardan es representativa de la de todo el planeta. Por su interior pululan infinidad de seres que viven y mueren como si de una gran arca de Noé se tratase.

Hay tejados selváticos cuajados de tierra y semillas que el viento alcanza. Verdaderos bosques impenetrables olvidados de todos. Amazonas de matorrales, arboledas y colmillos de sable emboscados entre ellas. Ningún gigante prehistórico pudo igualarles. Son los diplodocus del mundo actual, los mamuts de nuestro tiempo. Multitud de corazones son sorbidos por la mole repleta de una humanidad vibrante en sus entrañas. Por sus arterias corren mares de sangre, de heces, de mucosidades. Todos los días y noches se liberan en su interior litros de semen, de saliva, de sudor... Sus paredes contemplan asesinatos, milagros, nacimientos, muertes y alegrías. Si sus órganos hablasen nos arrodillaríamos reverentes ante el dios enorme y sabio que nos cobija. Reabsorben minerales del subsuelo donde arraigan, fluidos telúricos que ascienden transfundidos por sus venas, sembrando de arrugas y hoyuelos el planeta. Limados por el viento, azotados por la lluvia, desde el espacio se perciben semejantes  a verrugas, nódulos, nudillos rocosos; cartílagos y rótulas regadas por la luna, surcos y montañas de raíces profundas. Tienen vísceras, pulmones, corazón, mente. Se doblan como el junco ante los vendavales, hincan sus raíces dilatando o contrayendo sus espaldas cuando la tierra tiembla furiosa. Desconocen el silencio pues sus cañerías gimen con el frío o ronronean con placer en el verano. Multitud de veces me sobresaltaron en la noche extraños sonidos semejantes al que hacen los astros al girar pues gritan, aúllan con el viento y dialogan consigo mismos y con quien quiera escucharles. En una ocasión me salvaron alargándome un cable cuando caía al vacío y otra me tendieron un puente frente al hueco del ascensor.
                                
A veces me tendí en un rincón, en una esquina olvidada de todos, adormecido en un armario empotrado en cualquier piso vacío, con una botella de anís en las manos y el rostro amortajado de telarañas. O en una sala de ascensores desechados cuando el clamor de televisiones, bocinazos, gritos y lloros dejó que el silencio creciese en mi interior y, entonces, sentí un murmullo de tripas de gigante reptando desde el abismo, expandirse por los rellanos hasta llegar a mí. Otras veces, he dejado caer el chorro de orina hasta la calle para medir los metros que me separaban de la tierra y comprobar que había sido esparcida por el viento, diseminada en la nada sin que una sola gota tocase la tierra. La orina pulverizada en la distancia, en el espacio, en el vacío, y yo en el más alto tejado bailando desnudo con el cielo de ascuas por techo y una lluvia de estrellas sobre mi cuerpo. Una orgía frenética girando en redondo hasta caer empapado y feliz.

Los constructores decidieron proveer el edificio donde vivo de extensos jardines en las terrazas. Anunciaron que la vegetación mejoraría la calidad del aire y que absorbería el agua de lluvia disminuyendo las goteras. Se presumía además que regularía la temperatura del edificio calentando o refrigerando los ambientes, porque la tierra actúa como aislante térmico. Se consideró la amplia extensión a cubrir –varias terrazas intercomunicadas- sin que nadie dijera que esto supondría algún contratiempo. Afirmaron, incluso, que los pisos superiores se iban a revalorizar al estar más aislados contra el ruido por la masa vegetal. Pero el paso del tiempo puso de manifiesto que la tierra tenía características inadecuadas y se equivocaron también en la elección de las plantas, excesivamente fértiles para la climatología del lugar. La consecuencia fue que los jardines, que deberían haber sido ordenados y metódicos como parquecillos japoneses han llegado a ser boscosos, selváticos según qué zonas. No son pocos los vecinos que en las reuniones de escalera se quejan de ruidos molestos, ladridos, rugidos y otros sonidos intimidatorios procedentes de las terrazas que, repletas de tierra fértil amamantada por las lluvias, se ha ido desbocando sin que nadie sepa bien hasta qué punto. No sabemos si esto es totalmente cierto porque los ánimos flaquean nada más plantearse subir.
Algunos dicen que son varios los perros extraviados que buscaron refugio arriba y que, desde entonces, se han ido reproduciendo. Un vecino del piso 16º se quejaba de que por las noches su perro se pone a aullar al son de no sé qué jauría. Hace ya tiempo que doña Felicidad, vecina de la escalera 4B, piso 8º, confesó que a uno de sus novios, propietario de una tienda de animales, se le habían escapado dos cachorros de tigre por las escaleras sin que lograra recuperarlos. Doña Felicidad sobrelleva su postmenopausia trajinándose a todo varón que se le ponga a tiro, a todos menos a Fermín, vecino de su escalera que hizo lo imposible por conseguirla, sin lograr más que rechazos. Tal vez fuese que doña Felicidad notó que era un resentido. O simplemente porque era gordito y calvo, con un diente de oro que le daba un aire mafioso, pero lo cierto es que el despechado inició una campaña que logró desacreditarla, como lo demuestra el hecho de que a doña Felicidad le pusieran el mote de ‘La domadora’. Fuese o no cierto lo de los tigres, la situación se fue agravando de tal manera que, si antes los conserjes se hacían los remolones, ahora no suben ni bajo amenaza y eso que constan despidos por tal motivo.
Alarmados por un ruido más violento de lo habitual, algunos vecinos se reunieron en una ocasión en el descansillo. Los más prevenidos estaban en pijama, otros en calzoncillos y las mujeres con alguna teta asomando bajo la bata ¡A qué viene tanto follón por una corriente de aire!, dijo un desinformado recién llegado del bar a quien pusieron enseguida al día. Carecían de valor para subir pero pronto apareció una escopeta de caza, tan antigua que parecía un arcabuz, y el milagro se produjo. El grupo avanzaba a trompicones por la escalera, pisoteándose mutuamente las zapatillas y formando una piña como si una fría noche de invierno los juntase y no hiciese un calor de mil demonios. Ninguno se atrevía a reconocer en voz alta que no tenían prisa y todos se sobresaltaron cuando comprobaron que habían salvado varios pisos en un periquete. Tenían ya la puerta de la azotea frente a ellos, se produjo un sonido similar al de unas tripas estresadas y, de golpe, rompieron a correr en desbandada. Poco después, recién recuperado el resuello, entre sábanas recién planchadas más de uno comentó con su mujer cuán cobardes eran los conserjes y que eso lo arreglaba él en un santiamén congelándoles la nómina.


miércoles, 28 de enero de 2015

FRAGMENTO DE UNA NOVELA


No sé si he dicho ya que el mío era un barrio de gentes acomodadas, muchas de ellas venidas a menos respecto al día en que llegaron. Pareciera que una parte de la burguesía de la ciudad hubiese acordado conseguir uno de aquellos pisos poco antes de que su situación empeorara. Había funcionarios jubilados de cierto nivel y unos cuantos hijos de papá con ínfulas de artista que en su día se habían empeñado en no terminar sus estudios como hacen los genios, pero que ahora no podían ganarse la vida con un talento que no tenían ni tampoco podían trabajar de camareros o albañiles, pues eran oficios que despreciaban. Se habían quedado colgados en un limbo de irrealidad y vivían dando sablazos a parientes y amigos con la promesa de que estaban a punto de vender un gran cuadro o de publicar una novela. Algunos porteros habían sido despedidos para ahorrar gastos, pero en la mayoría de los edificios conservaban al suyo. Se trataba de unos señores de uniforme gris de revisor de tren que se ocupaban de ayudar a las viejecitas a subir la compra, si es que no eran aún demasiado viejos para ello, o de filtrar el paso de las visitas incómodas, normalmente acreedores es busca de su dinero. También había una parroquia que usaba una minoría para ir preparando el viaje a la última morada.

En el bloque había un vecino, empleado del ayuntamiento, ansioso por hacer méritos antes sus superiores. Le había llegado el soplo de que el concejal de urbanismo estaba indignado por la precariedad de los planos del subsuelo de la ciudad -y del alcantarillado de ese barrio en particular-, por lo que ideó una investigación secreta que pensaba documentar con filmaciones subterráneas que adjuntar al informe. No las tenía todas consigo, ya que otro intento en el pasado habían terminado en tragedia al perderse los inspectores entre la maraña de pasadizos. Se sabía que más allá del alcantarillado moderno se extendían otros sectores que afectaban a los desagües y que probablemente eran estos los causantes remotos de las ventosidades que afloraban a la superficie a través de las cañerías. Aunque las quejas de los vecinos hartos de soportar las pedorretas emergentes inundaban los despachos, a la administración lo que menos interesaba en esos momentos electorales era repetir la tragedia. Por esto, y a pesar del riesgo, el ayudante del concejal sabía que, si tenía éxito, el ascenso que tanto tiempo llevaba esperando estaba cantado.

No hay brazo más largo que el de un funcionario bien relacionado y, el nuestro, lo cultivaba gracias al baboseo durante los interminables almuerzos en las cafeterías de alrededor del ayuntamiento, con especial énfasis en sus pares del Ministerio de Hacienda. No tuvo más que esperar el informe que un contacto de dicho Ministerio le proporcionó para que pudiese seleccionar, de entre sus vecinos, a los candidatos adecuados que le ayudasen en su misión. La patrulla estaba compuesta por un espeleólogo, empleado interino siempre al borde del despido; un opositor veterano al cuerpo de bomberos; un portero que no pagaba impuestos, un aficionado a la montaña con seis trimestres de deudas con la comunidad. Eran todos ellos deudores en periodo ejecutivo a los que el ayudante del concejal invitó a esquivar una inspección que podría encarcelarles. A cambio, descenderían a los intestinos que hay debajo de las capas de cemento, mucho más allá de los huecos más profundos de ascensor para filmar lo que fuese preciso, dibujar los croquis necesarios y, tal vez, ayudarle después con el informe. “Ya sabéis, pasarlo a ordenador y tal…”  Para orientarse contaban con unos planos tomados prestados, con absoluta nocturnidad, de la concejalía de urbanismo. Eran unos pliegos acartonados por el tiempo, picoteados por las polillas y que daba miedo desplegar porque se desmigajaban a la mínima.

Obviando el aspecto depravado de su personalidad, el funcionario tenía un talante bullangero por lo que, en concienzudas reuniones regadas con de buena cerveza con que envalentonarse, el improvisado escuadrón estudió los planos hasta que, por fin, en uno de los documentos encontraron el dibujo de una trampilla tatuada de imágenes amedrentadoras. Los vapores etílicos ayudaron a que el portero reconociese que en una ocasión, buscando donde esconder unos cubos de basura deteriorados, había dado con aquella trampilla y se explayó contando que un compañero jamás había regresado una vez que lo traspasó. Al escucharle, le urgieron a que les diese idea precisa de donde estaba, pues sabían que una vez rebasada la parte convencional del alcantarillado comenzaba otra heredada de tiempos pretéritos de la que lo desconocían todo. Eran estos sectores más profundos los que podía hacer ganar puntos al funcionario frente a sus superiores y era en ellos donde tenía puestas sus esperanzas.

Durante noches todos ellos durmieron mano a mano con la ansiedad, pues los espasmos que de vez en cuando sacudían el complejo de edificios les habían persuadido de que sus entrañas se descargaban al son de diarreas elefantiásicas e imprevisibles. A pesar de que eran los mismos temblores a los que ya estaban acostumbrados, les atormentaba la posibilidad de que, si descendían, pudiesen confluir allí donde las tripas se descargaban, anegándoles en un callejón sin salida. La sola idea de perecer bajo un alud de mierda decenas de metros en el interior de la tierra, les causaba una inquietud tan intolerable que a la siguiente reunión, pálidos y ojerosos, decidieron comenzar sin más dilación so pena de abandonar para siempre el plan. Y así, sin pensárselo dos veces para no dar pábulo al miedo, descendieron pertrechados de mascarillas anti-pestilencia, impermeables, cascos con linterna y cámara incorporada, botas de pesca hasta las rodillas, objetos todos a los que el funcionario tenía fácil acceso de entre los requisados a los comerciantes morosos.
Chapotearon a través de túneles, arrancando los pies de un barro absorbente mientras miraban al portero con una violencia pendiente de un hilo, pues no acababan de dar con la entrada prometida. Conocían de los rumores que afirmaban que todos los años se perdían por las alcantarillas los animales más exóticos, reptiles, pirañas, cocodrilos incluso, de los que los compradores caprichosos se deshacían en cuanto dejaban de ser cachorros, y que se reproducían sobre alimentados en aquella maraña de pasadizos. Se toparon con ratas tan grandes como gatos, agresivas y que no rehuían a los entrometidos y esto incrementó su miedo a encontrarse con peligrosas mutaciones, prevenidos de que los desagües amamantados por las inmundicias de la superficie habrían híper desarrollado criaturas ya de por sí repugnantes. Cuando por fin dieron con la trampilla, la levantaron entre todos y, jaleándose, se arrojaron por la boca negra del lobo. Durante un primer tramo la oscuridad era tal que las linternas a duras penas conseguían taladrar un palmo con su luz agonizante. Luego llegaron otros donde la fosforescencia sugería la existencia de productos químicos diluidos irradiando y haciendo visible el camino.
Poco a poco fueron rebasando los túneles claustrofóbicos, sumergiéndose en los aledaños de una ciudad subterránea en forma de vetustas estructuras arquitectónicas. Atravesaron catacumbas que supusieron romanas, cuidando de no caer en los nichos que se abrían a sus pies. Envueltos en el vaho que les rodeaba, cada uno de ellos tuvo que hacer frente a sus fantasías y, así, reflotando sobre la densa y apestosa corriente que inundaba los canales, uno de ellos vio pasar los cuerpos momificados de un regimiento de hombres vestidos con armaduras medievales. Durante un lapso, otro de los expedicionarios se perdió y, al regresar, contó que había llegado hasta una bóveda tan inmensa que la vista no alcanzaba los límites, una fresca corriente de aire removía los árboles y una segunda naturaleza, más pura que la de la superficie, les invitaba a quedarse. No le hicieron mucho caso porque, enseguida, otro más confesó que había estado surcando los mares a bordo del Nautilos que, al hallarse sin tripulación, él mismo había gobernado.

Mientras tanto, en la superficie transcurrían anodinos los días y las noches. No sería justo decir que las fuerzas del orden no hicieron lo posible por encontrar a aquellos insensatos, pero es innegable que su entusiasmo decayó abruptamente en cuanto llegaron a la trampilla más profunda. Por fin, cuando apenas quedaban esperanzas de encontrar a los hombres con vida, unos niños que jugaban en el patio vieron, coronando el geiser que se levantaba potente, como tropezones de una sopa inmunda, a los cinco valientes regurgitados por las profundidades. 

Cuando en el hospital les dieron el alta ninguno de ellos quiso decir nada de lo sucedido. Hasta hace poco en que el opositor, sin duda para tener de qué comer, contó esta historia a un periódico. No es que le sirviera de mucho, porque desde el ayuntamiento tacharon enseguida sus declaraciones de alucinaciones provocadas por los residuos tóxicos que se forman en las alcantarillas. Lo cierto es que, como si el hedor hubiese penetrado entre las células de cada uno de los expedicionarios, todos ellos permanecieron malolientes durante años, y sus rostros fueron tomando una expresión involuntaria de asco. Taciturnos, sus conocidos les rehuían y sus mujeres acabaron por abandonarles. Ni siquiera tuvieron el consuelo de evitar la inspección de Hacienda y, sin la protección del funcionario caído en desgracia, los inspectores no tardaron en desplumarles.