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jueves, 5 de marzo de 2015

Y OTRO MÁS...



Recuerda la primera telaraña que tejió, allá en el hospicio. Los internos estaban tan perdidos como él; un ámbito de desheredados que le despertó el impulso de comunicarse con ellos. Entonces, poseído de un fervor imparable, enhebró una red de símbolos surgida de su interior. Cuando trató de comprender qué mar de corales y caracolas blancas había dibujado no lo consiguió, aunque atronasen sus emociones con la fuerza de un oleaje. Ante la posibilidad de haber plasmado la esencia de su alma, los cosió con un sedal de pescador. Más tarde supo que para cada uno de los internos había diseñado un fragmento que tocaba su corazón, aunque el resto les resultase tan incomprensible como lo era para él mismo.
                            
            Hubo una época en que la incógnita acerca de su naturaleza le dominaba. Entonces pensó que, quizás, también él podría sentir esa fiebre entrevista cuando sorprendía el fragor de unos cuerpos rozándose en la intimidad de las casas…

La primera vez fue en la calle, cuando el gemido de una mujer derrumbada entre unos contenedores llamó su atención. Quiso insuflar aire en sus pulmones y su rostro recuperó al instante el color de la vida. La cercanía de la muerte y el aire purísimo que la inundó hicieron que exudase un aroma animal, pletórico de secreciones hormonales y de alcohol. Atolondrado por el impacto de una vaharada que podría acoger el filo de un cuchillo, le arrebató la botella llena del néctar de los hombres y la vació de un trago. Fue una decisión insólita, pero un vértigo imparable le empujaba.

Ella palpó el cuerpo velado para agradecer la ayuda con el único salario que conocía y deslizó sus manos febriles por debajo de su gabardina. En la penumbra apenas podía verle y lo aceptó sin preguntas, aunque su garganta rugió feroz cuando alcanzó el sexo divino. Él recibió las caricias como un adolescente aturdido que se deja guiar por manos expertas. Los restos del animal que conservaba irrumpieron con fuerza tras eones de inactividad. El lúbrico despertar de su verga de cristal era de pronto un diamante capaz de taladrar todas las carnes. Los golpes vigorosos de sus caderas ondeaban las puntas de la gabardina y la hembra se abría como la tierra yerta con las lluvias tropicales.
Ese día conoció el instinto que enloda el espíritu con los ardores del infierno.

Hubo otras más. Cuando en la distancia escuchaba el clamor de un cuerpo solitario se colaba por la ventana, pirueteaba sobre ellas o las aguardaba en la oscuridad de sus camas donde su mirada ovalada las hechizaba. Otras veces llamaba al domicilio sin luz y, sin fuerzas para cerrar la puerta, caían por la pendiente de sus deseos. Jamás permitió que tocasen sus espaldas. Si alguna vez intuyó que esto podría suceder, giraba el cuerpo desatado para ayuntarse como lo hacen las bestias. Entonces brotaba el germen animal mientras sus caderas vigorosas golpeteaban las nalgas enrojecidas por el gozo.
A menudo eran mujeres aturdidas que ansiaban compañía para poder dormir después de semanas en vela. Discernía signos físicos que ellas mismas desconocían; verrugas que anunciaban enfermedades fulminantes o lunares que significaban virtudes que probablemente jamás descubrirían. Ignoraba los cánones de belleza, la edad o la firmeza de sus carnes puesto que, ante todo, eran para él miembros de una raza aparte.

Los cuerpos que frecuentaba envejecían con los años mientras que el suyo se fortalecía sin cesar. Sus instintos animales crecían con su uso y esto le avergonzaba ya que embotaban su verdadera naturaleza. Se había lanzado a aquel lodazal para ahuyentar su soledad sin que ahora se sintiese más unido a lo humano. Con cada descarga de frenético deseo, las hembras le resultaban tan ajenas como lo eran antes de poseerlas.

            Regresa con frecuencia a casa de Jacinto, para velar por él y porque le trae recuerdos de su estancia en el hospicio. Allí pasa el tiempo escuchando los ruidos que hacen los vecinos: la familia con el niño pequeño en el piso de al lado; sus lloros constantes y las discusiones con el hombre que llega borracho. La viejecita del ático a quien, a veces, un adolescente ayuda a subir la compra. Y todos los demás sonidos banales que llegan desde los otros pisos… Al cabo de las horas resuenan pasos en la escalera, el ascensor y la llave en la ranura pero cuando entran, sólo encuentran los visillos ondeando con la luna.

            Cuando se abisma en su mundo interior aletarga sus sentidos y reduce sus vibraciones, de manera que nadie alcanza a percibir el resto corporal que deja afuera. Lo consigue estando seguro de que allí adonde viaje su espíritu trasladará todo su ser; una convicción sin fisuras que doblega la materia.

            Hace días estaba en el cuarto de ascensores. Su cuerpo embalsamado de telarañas permanecía en pie con la rigidez de una momia, su mente vagaba por regiones remotas. De pronto una pelota botó desde la puerta entreabierta y asomó una cabecita que buscaba el juguete perdido. El niño le miró e hizo ademán de entregárselo, pero un hombre lo sujetó desde el umbral -“Ahí puedes hacerte daño”, dijo.

            ¿Cómo pudo verle? Tal vez su mente sorprendida empañó el cristal de su cuerpo haciéndole de pronto visible. El hombre no se percató siquiera, pero el pequeño habría podido incluso tocarle. ¿Aquella mirada no consiguió que sintiese algo nuevo? ¿Un cosquilleo que le hizo más real? Y entonces aprende de su naturaleza pues si algo hay entre los hombres que le conforte, esto son los ojos de un niño.

            Siempre le apenó ver a la vieja del ático subir las escaleras cargada con la compra. Desearía ayudarla pero, salvo que deba entregar un mensaje, no le está permitido inmiscuirse.

Suena el teléfono en casa de la mujer:

- ¿Patricia Olmedo?  Encontramos este número en una cartera. Sentimos tener que comunicarle…

            Y le dicen que su hijo, de quien hace tiempo que no sabe nada, murió en un accidente. El auricular golpetea contra la pared, un cuerpo frágil se desmorona como un fardo y él comienza a escribir sin remedio. Más tarde subió como una pluma que apenas rozase los escalones, deslizó la hoja por la rendija entre la puerta y el suelo y esperó acurrucado… La respiración alterada, zapatillas taponando la luz entre las junturas; un bisbiseo de labios que descifran y el llanto callado que alivia un tormento. Como tantas otras veces desconoce el contenido del mensaje que escribió, pero sabe que sólo estuvo completo cuando fue leído. Aquel que no puede entremezclarse con los hombres, tiene una razón de ser.



martes, 17 de febrero de 2015

jueves, 12 de febrero de 2015

OTRO FRAGMENTO DE UNA NOVELA (-¿Pero aquí no habla la gente? -No, aquí no habla la gente).

…Y mi ser lleva toda una vida trepando por los edificios, viviendo la mayor parte en sus entrañas, lo cual me da derecho a afirmar que son organismos vivos que nacen, crecen, menguan, mueren. Defecan cuando la infinidad de cañerías vierten sus inmundicias al subsuelo, respiran por sus ventanas, a través de sus instalaciones de aire acondicionado, por todos los poros en su piel de paquidermo. Por todas partes existen aberturas traspasadas por el aire, por el polen, por la humedad, por el frío invernal o la tórrida canícula. Los edificios enferman por defectos de nacimiento, cuando movimientos en el subsuelo los desequilibran y, cuando en sus inicios fueron maltratados, envejecen antes de lo previsto. Gozan, en cambio, de buena salud si recibieron buenos genes y si los cuidan mientras viven. Al igual que todos los seres disfrutan de juventud, de una madurez serena y fuerte, y envejecen con los años. Tampoco ellos escapan a la muerte. Quienes crean que no son seres vivos, están equivocados. En las terrazas recala la fuerza de los astros y el sol dora su piel de día. La lluvia los limpia y riega como hace con los árboles. Son grandes titanes que atesoran tanta materia orgánica como pueda haber en los bosques. La variedad animal, vegetal y mineral que guardan es representativa de la de todo el planeta. Por su interior pululan infinidad de seres que viven y mueren como si de una gran arca de Noé se tratase.

Hay tejados selváticos cuajados de tierra y semillas que el viento alcanza. Verdaderos bosques impenetrables olvidados de todos. Amazonas de matorrales, arboledas y colmillos de sable emboscados entre ellas. Ningún gigante prehistórico pudo igualarles. Son los diplodocus del mundo actual, los mamuts de nuestro tiempo. Multitud de corazones son sorbidos por la mole repleta de una humanidad vibrante en sus entrañas. Por sus arterias corren mares de sangre, de heces, de mucosidades. Todos los días y noches se liberan en su interior litros de semen, de saliva, de sudor... Sus paredes contemplan asesinatos, milagros, nacimientos, muertes y alegrías. Si sus órganos hablasen nos arrodillaríamos reverentes ante el dios enorme y sabio que nos cobija. Reabsorben minerales del subsuelo donde arraigan, fluidos telúricos que ascienden transfundidos por sus venas, sembrando de arrugas y hoyuelos el planeta. Limados por el viento, azotados por la lluvia, desde el espacio se perciben semejantes  a verrugas, nódulos, nudillos rocosos; cartílagos y rótulas regadas por la luna, surcos y montañas de raíces profundas. Tienen vísceras, pulmones, corazón, mente. Se doblan como el junco ante los vendavales, hincan sus raíces dilatando o contrayendo sus espaldas cuando la tierra tiembla furiosa. Desconocen el silencio pues sus cañerías gimen con el frío o ronronean con placer en el verano. Multitud de veces me sobresaltaron en la noche extraños sonidos semejantes al que hacen los astros al girar pues gritan, aúllan con el viento y dialogan consigo mismos y con quien quiera escucharles. En una ocasión me salvaron alargándome un cable cuando caía al vacío y otra me tendieron un puente frente al hueco del ascensor.
                                
A veces me tendí en un rincón, en una esquina olvidada de todos, adormecido en un armario empotrado en cualquier piso vacío, con una botella de anís en las manos y el rostro amortajado de telarañas. O en una sala de ascensores desechados cuando el clamor de televisiones, bocinazos, gritos y lloros dejó que el silencio creciese en mi interior y, entonces, sentí un murmullo de tripas de gigante reptando desde el abismo, expandirse por los rellanos hasta llegar a mí. Otras veces, he dejado caer el chorro de orina hasta la calle para medir los metros que me separaban de la tierra y comprobar que había sido esparcida por el viento, diseminada en la nada sin que una sola gota tocase la tierra. La orina pulverizada en la distancia, en el espacio, en el vacío, y yo en el más alto tejado bailando desnudo con el cielo de ascuas por techo y una lluvia de estrellas sobre mi cuerpo. Una orgía frenética girando en redondo hasta caer empapado y feliz.

Los constructores decidieron proveer el edificio donde vivo de extensos jardines en las terrazas. Anunciaron que la vegetación mejoraría la calidad del aire y que absorbería el agua de lluvia disminuyendo las goteras. Se presumía además que regularía la temperatura del edificio calentando o refrigerando los ambientes, porque la tierra actúa como aislante térmico. Se consideró la amplia extensión a cubrir –varias terrazas intercomunicadas- sin que nadie dijera que esto supondría algún contratiempo. Afirmaron, incluso, que los pisos superiores se iban a revalorizar al estar más aislados contra el ruido por la masa vegetal. Pero el paso del tiempo puso de manifiesto que la tierra tenía características inadecuadas y se equivocaron también en la elección de las plantas, excesivamente fértiles para la climatología del lugar. La consecuencia fue que los jardines, que deberían haber sido ordenados y metódicos como parquecillos japoneses han llegado a ser boscosos, selváticos según qué zonas. No son pocos los vecinos que en las reuniones de escalera se quejan de ruidos molestos, ladridos, rugidos y otros sonidos intimidatorios procedentes de las terrazas que, repletas de tierra fértil amamantada por las lluvias, se ha ido desbocando sin que nadie sepa bien hasta qué punto. No sabemos si esto es totalmente cierto porque los ánimos flaquean nada más plantearse subir.
Algunos dicen que son varios los perros extraviados que buscaron refugio arriba y que, desde entonces, se han ido reproduciendo. Un vecino del piso 16º se quejaba de que por las noches su perro se pone a aullar al son de no sé qué jauría. Hace ya tiempo que doña Felicidad, vecina de la escalera 4B, piso 8º, confesó que a uno de sus novios, propietario de una tienda de animales, se le habían escapado dos cachorros de tigre por las escaleras sin que lograra recuperarlos. Doña Felicidad sobrelleva su postmenopausia trajinándose a todo varón que se le ponga a tiro, a todos menos a Fermín, vecino de su escalera que hizo lo imposible por conseguirla, sin lograr más que rechazos. Tal vez fuese que doña Felicidad notó que era un resentido. O simplemente porque era gordito y calvo, con un diente de oro que le daba un aire mafioso, pero lo cierto es que el despechado inició una campaña que logró desacreditarla, como lo demuestra el hecho de que a doña Felicidad le pusieran el mote de ‘La domadora’. Fuese o no cierto lo de los tigres, la situación se fue agravando de tal manera que, si antes los conserjes se hacían los remolones, ahora no suben ni bajo amenaza y eso que constan despidos por tal motivo.
Alarmados por un ruido más violento de lo habitual, algunos vecinos se reunieron en una ocasión en el descansillo. Los más prevenidos estaban en pijama, otros en calzoncillos y las mujeres con alguna teta asomando bajo la bata ¡A qué viene tanto follón por una corriente de aire!, dijo un desinformado recién llegado del bar a quien pusieron enseguida al día. Carecían de valor para subir pero pronto apareció una escopeta de caza, tan antigua que parecía un arcabuz, y el milagro se produjo. El grupo avanzaba a trompicones por la escalera, pisoteándose mutuamente las zapatillas y formando una piña como si una fría noche de invierno los juntase y no hiciese un calor de mil demonios. Ninguno se atrevía a reconocer en voz alta que no tenían prisa y todos se sobresaltaron cuando comprobaron que habían salvado varios pisos en un periquete. Tenían ya la puerta de la azotea frente a ellos, se produjo un sonido similar al de unas tripas estresadas y, de golpe, rompieron a correr en desbandada. Poco después, recién recuperado el resuello, entre sábanas recién planchadas más de uno comentó con su mujer cuán cobardes eran los conserjes y que eso lo arreglaba él en un santiamén congelándoles la nómina.


miércoles, 28 de enero de 2015

FRAGMENTO DE UNA NOVELA


No sé si he dicho ya que el mío era un barrio de gentes acomodadas, muchas de ellas venidas a menos respecto al día en que llegaron. Pareciera que una parte de la burguesía de la ciudad hubiese acordado conseguir uno de aquellos pisos poco antes de que su situación empeorara. Había funcionarios jubilados de cierto nivel y unos cuantos hijos de papá con ínfulas de artista que en su día se habían empeñado en no terminar sus estudios como hacen los genios, pero que ahora no podían ganarse la vida con un talento que no tenían ni tampoco podían trabajar de camareros o albañiles, pues eran oficios que despreciaban. Se habían quedado colgados en un limbo de irrealidad y vivían dando sablazos a parientes y amigos con la promesa de que estaban a punto de vender un gran cuadro o de publicar una novela. Algunos porteros habían sido despedidos para ahorrar gastos, pero en la mayoría de los edificios conservaban al suyo. Se trataba de unos señores de uniforme gris de revisor de tren que se ocupaban de ayudar a las viejecitas a subir la compra, si es que no eran aún demasiado viejos para ello, o de filtrar el paso de las visitas incómodas, normalmente acreedores es busca de su dinero. También había una parroquia que usaba una minoría para ir preparando el viaje a la última morada.

En el bloque había un vecino, empleado del ayuntamiento, ansioso por hacer méritos antes sus superiores. Le había llegado el soplo de que el concejal de urbanismo estaba indignado por la precariedad de los planos del subsuelo de la ciudad -y del alcantarillado de ese barrio en particular-, por lo que ideó una investigación secreta que pensaba documentar con filmaciones subterráneas que adjuntar al informe. No las tenía todas consigo, ya que otro intento en el pasado habían terminado en tragedia al perderse los inspectores entre la maraña de pasadizos. Se sabía que más allá del alcantarillado moderno se extendían otros sectores que afectaban a los desagües y que probablemente eran estos los causantes remotos de las ventosidades que afloraban a la superficie a través de las cañerías. Aunque las quejas de los vecinos hartos de soportar las pedorretas emergentes inundaban los despachos, a la administración lo que menos interesaba en esos momentos electorales era repetir la tragedia. Por esto, y a pesar del riesgo, el ayudante del concejal sabía que, si tenía éxito, el ascenso que tanto tiempo llevaba esperando estaba cantado.

No hay brazo más largo que el de un funcionario bien relacionado y, el nuestro, lo cultivaba gracias al baboseo durante los interminables almuerzos en las cafeterías de alrededor del ayuntamiento, con especial énfasis en sus pares del Ministerio de Hacienda. No tuvo más que esperar el informe que un contacto de dicho Ministerio le proporcionó para que pudiese seleccionar, de entre sus vecinos, a los candidatos adecuados que le ayudasen en su misión. La patrulla estaba compuesta por un espeleólogo, empleado interino siempre al borde del despido; un opositor veterano al cuerpo de bomberos; un portero que no pagaba impuestos, un aficionado a la montaña con seis trimestres de deudas con la comunidad. Eran todos ellos deudores en periodo ejecutivo a los que el ayudante del concejal invitó a esquivar una inspección que podría encarcelarles. A cambio, descenderían a los intestinos que hay debajo de las capas de cemento, mucho más allá de los huecos más profundos de ascensor para filmar lo que fuese preciso, dibujar los croquis necesarios y, tal vez, ayudarle después con el informe. “Ya sabéis, pasarlo a ordenador y tal…”  Para orientarse contaban con unos planos tomados prestados, con absoluta nocturnidad, de la concejalía de urbanismo. Eran unos pliegos acartonados por el tiempo, picoteados por las polillas y que daba miedo desplegar porque se desmigajaban a la mínima.

Obviando el aspecto depravado de su personalidad, el funcionario tenía un talante bullangero por lo que, en concienzudas reuniones regadas con de buena cerveza con que envalentonarse, el improvisado escuadrón estudió los planos hasta que, por fin, en uno de los documentos encontraron el dibujo de una trampilla tatuada de imágenes amedrentadoras. Los vapores etílicos ayudaron a que el portero reconociese que en una ocasión, buscando donde esconder unos cubos de basura deteriorados, había dado con aquella trampilla y se explayó contando que un compañero jamás había regresado una vez que lo traspasó. Al escucharle, le urgieron a que les diese idea precisa de donde estaba, pues sabían que una vez rebasada la parte convencional del alcantarillado comenzaba otra heredada de tiempos pretéritos de la que lo desconocían todo. Eran estos sectores más profundos los que podía hacer ganar puntos al funcionario frente a sus superiores y era en ellos donde tenía puestas sus esperanzas.

Durante noches todos ellos durmieron mano a mano con la ansiedad, pues los espasmos que de vez en cuando sacudían el complejo de edificios les habían persuadido de que sus entrañas se descargaban al son de diarreas elefantiásicas e imprevisibles. A pesar de que eran los mismos temblores a los que ya estaban acostumbrados, les atormentaba la posibilidad de que, si descendían, pudiesen confluir allí donde las tripas se descargaban, anegándoles en un callejón sin salida. La sola idea de perecer bajo un alud de mierda decenas de metros en el interior de la tierra, les causaba una inquietud tan intolerable que a la siguiente reunión, pálidos y ojerosos, decidieron comenzar sin más dilación so pena de abandonar para siempre el plan. Y así, sin pensárselo dos veces para no dar pábulo al miedo, descendieron pertrechados de mascarillas anti-pestilencia, impermeables, cascos con linterna y cámara incorporada, botas de pesca hasta las rodillas, objetos todos a los que el funcionario tenía fácil acceso de entre los requisados a los comerciantes morosos.
Chapotearon a través de túneles, arrancando los pies de un barro absorbente mientras miraban al portero con una violencia pendiente de un hilo, pues no acababan de dar con la entrada prometida. Conocían de los rumores que afirmaban que todos los años se perdían por las alcantarillas los animales más exóticos, reptiles, pirañas, cocodrilos incluso, de los que los compradores caprichosos se deshacían en cuanto dejaban de ser cachorros, y que se reproducían sobre alimentados en aquella maraña de pasadizos. Se toparon con ratas tan grandes como gatos, agresivas y que no rehuían a los entrometidos y esto incrementó su miedo a encontrarse con peligrosas mutaciones, prevenidos de que los desagües amamantados por las inmundicias de la superficie habrían híper desarrollado criaturas ya de por sí repugnantes. Cuando por fin dieron con la trampilla, la levantaron entre todos y, jaleándose, se arrojaron por la boca negra del lobo. Durante un primer tramo la oscuridad era tal que las linternas a duras penas conseguían taladrar un palmo con su luz agonizante. Luego llegaron otros donde la fosforescencia sugería la existencia de productos químicos diluidos irradiando y haciendo visible el camino.
Poco a poco fueron rebasando los túneles claustrofóbicos, sumergiéndose en los aledaños de una ciudad subterránea en forma de vetustas estructuras arquitectónicas. Atravesaron catacumbas que supusieron romanas, cuidando de no caer en los nichos que se abrían a sus pies. Envueltos en el vaho que les rodeaba, cada uno de ellos tuvo que hacer frente a sus fantasías y, así, reflotando sobre la densa y apestosa corriente que inundaba los canales, uno de ellos vio pasar los cuerpos momificados de un regimiento de hombres vestidos con armaduras medievales. Durante un lapso, otro de los expedicionarios se perdió y, al regresar, contó que había llegado hasta una bóveda tan inmensa que la vista no alcanzaba los límites, una fresca corriente de aire removía los árboles y una segunda naturaleza, más pura que la de la superficie, les invitaba a quedarse. No le hicieron mucho caso porque, enseguida, otro más confesó que había estado surcando los mares a bordo del Nautilos que, al hallarse sin tripulación, él mismo había gobernado.

Mientras tanto, en la superficie transcurrían anodinos los días y las noches. No sería justo decir que las fuerzas del orden no hicieron lo posible por encontrar a aquellos insensatos, pero es innegable que su entusiasmo decayó abruptamente en cuanto llegaron a la trampilla más profunda. Por fin, cuando apenas quedaban esperanzas de encontrar a los hombres con vida, unos niños que jugaban en el patio vieron, coronando el geiser que se levantaba potente, como tropezones de una sopa inmunda, a los cinco valientes regurgitados por las profundidades. 

Cuando en el hospital les dieron el alta ninguno de ellos quiso decir nada de lo sucedido. Hasta hace poco en que el opositor, sin duda para tener de qué comer, contó esta historia a un periódico. No es que le sirviera de mucho, porque desde el ayuntamiento tacharon enseguida sus declaraciones de alucinaciones provocadas por los residuos tóxicos que se forman en las alcantarillas. Lo cierto es que, como si el hedor hubiese penetrado entre las células de cada uno de los expedicionarios, todos ellos permanecieron malolientes durante años, y sus rostros fueron tomando una expresión involuntaria de asco. Taciturnos, sus conocidos les rehuían y sus mujeres acabaron por abandonarles. Ni siquiera tuvieron el consuelo de evitar la inspección de Hacienda y, sin la protección del funcionario caído en desgracia, los inspectores no tardaron en desplumarles.

jueves, 22 de enero de 2015

NEGRO SOBRE BLANCO

                               

         Noticia aparecida en un diario de la capital:

La desaparición de D. Jacinto Sisteaga, conocido pensador y erudito, acaecida recientemente en extrañas circunstancias, está siendo investigada por el grupo de homicidios de la policía. Es bien sabido de todos nosotros la vasta cultura y el enorme amor por el conocimiento de nuestro ilustre conciudadano. Sus amplísimas lecturas sobre las más variadas disciplinas así se lo habían facilitado. Entre la infinidad de papeles y escritos hallados en su domicilio ha sido encontrada esta enigmática carta dirigida a un amigo, que nunca fue enviada y que ahora ofrecemos a nuestros lectores.

Estimado Marcos: Te escribo estas líneas desde la angustia y desesperación. He decidido recurrir a ti en una situación que rebasa toda mi capacidad de juicio y que me ha llevado a sentir un vértigo imparable que temo me acabe empujando hacia la locura. Tú, que me conoces bien, sabes de mi constante dedicación al estudio; de mi devoción por desentrañar los misterios más recónditos del alma humana. Pues bien, en este punto toda la energía empleada por mí en la especulación teórica de los conflictos de la mente ha dado un terrible vuelco. Me siento al borde de la demencia y del agotamiento y, quisiera equivocarme, hasta de la muerte más horrible.

No hace muchos días apareció en la mesa de mi despacho una pluma estilográfica. Al principio no reparé en ella pues ya conoces que tengo, entre otras veleidades, la de coleccionar todo tipo de artículos de escritorio. Creyendo que se trataba de alguna de las mías, comencé a utilizarla. En esta labor estaba cuando “algo” llamó mi atención. Ya sabes que gozo con el pálpito del pensamiento en su decantarse hacia la hoja en blanco, y que por este motivo siempre escribo a mano. Pues bien, este mismo hábito me indujo a percibir alguna singularidad en ella. Extrañado por lo liviano de su peso quise interrumpir la elaboración del tratado del cual llevaba escritas varias docenas de páginas con la recién estrenada pluma y me dispuse a analizarla. Se trataba de un modelo de principios de siglo bastante corriente para la época. Muy probablemente todavía circulan gran cantidad de éstas por muchos lugares de nuestro país. No creo que pueda expresarte lo inenarrable de mi sorpresa cuando al abrirla para examinarla detenidamente, comprobé que no disponía de cartucho para tinta. Demudado, y tras escrutar una y otra vez su interior, volví a cerrarla. Aquello era demasiado absurdo para ser aceptado sin más y pese a que carecía  por completo de cualquier sustancia capaz de imprimirse sobre una superficie continué escribiendo en una desesperada actitud con una tinta que no existía y que me iba hundiendo más y más en mi caída hacia la inconsciencia.

En este punto la carta se interrumpe y continúa en otro lugar bajo una escritura acelerada y tortuosa...

La mujer que limpia mi casa me ha despertado agitándome la cabeza. Yo, que no me tenía en pie, sólo he podido balbucear torpes palabras hasta que ha comprendido a qué me refería. Ha puesto la pluma a mi alcance y con la cabeza a punto de explotar he podido trazar algunas líneas; sólo entonces me he recuperado. Esta arma letal ha conseguido esclavizarme y tenerme sujeto a su empleo, al absurdo antojo de que escriba sin cesar con una tinta que no sé de dónde proviene.

Hace unas horas he intentado dejarla sobre la mesa con disimulo esperando que no se percatase de mi huída, pero ha sido imposible. Mi mano derecha, que es con la que suelo escribir, se ha aferrado a este cilindro de pasta como si su vida fuera en ello y así se ha mantenido largo tiempo hasta que los nudillos se han puesto lívidos. Sólo ha aflojado la presión al convencerse de que no tenía ya intención de soltarla; y hay algo aún peor, pues cuando no escribo siento una presión intolerable que amenaza con reventarme en pedazos. En esos momentos noto una enorme cantidad de información inútil atestando mi órgano más preciado y colapsándolo todo. Pierdo la consciencia, el control de mis actos y no sé qué hago o digo entonces.

Nota del redactor:

La carta, no lo olviden nuestros lectores, nunca fue enviada y continúa en un trozo de cartón hallado en el hospital dónde estuvo ingresado D. Jacinto por los policías que investigan el caso. Tal y como ha sido corroborado por los expertos peritos calígrafos consultados, evidencia un estado supremo de agotamiento y ansiedad...

Me dirijo a ti de nuevo, querido amigo, para decirte que en estas dos últimas semanas han tenido que hacerme ingresar en un centro especializado en medicina interna. La conclusión a la que han llegado los doctores es pasmosa: parece ser que mi cerebro se halla completamente impregnado de tinta y la única manera que ha encontrado de vaciarse es por medio de la escritura. Esto explicaría por qué necesito escribir sin cesar; aunque continúo sin saber qué extraño conducto mantiene unido mi cerebro con la maldita pluma. Ignoran cómo ha llegado la tinta hasta ahí, pero yo creo que deberían echar un vistazo a mis libros y enciclopedias. Puede que en ese lugar esté la clave. Los médicos me han prohibido terminantemente trazar ninguna línea y he tenido que robar éste trozo de tiza para poder comunicarme contigo. Lamentablemente, no han tenido en cuenta que sin mi instrumento de agonía la vida se me escapa de manera aún más rápida y dolorosa.
        
Noticia del periódico, un día después:

 Jacinto Sisteaga fue hallado en su propio estudio con la cabeza reventada y con las paredes de la habitación impregnadas de tinta. Una vez inspeccionada la biblioteca se ha comprobado que ninguno de los numerosos volúmenes tenía el más mínimo signo gráfico como si hubiesen sido absorbidos por un extraño poder. Inexplicablemente el cadáver carece de masa encefálica, mostrándose el interior del cráneo de un inquietante color blanco.