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lunes, 16 de marzo de 2015

D


Solía mirar el parque invernal de árboles esqueléticos a través de las ventanas del hospicio, donde sufría el destino de los niños abandonados en la puerta de la iglesia. El médico encargado de los caseríos dispersos por la montaña, había sorteado una fuerte nevada para visitar a los internos del caserón. Inquirido por la cuidadora acerca de los muñones en su espalda, respondió que las relaciones incestuosas favorecían las anomalías físicas o psíquicas entre aquellos montañeses rechazados por los suyos.

            En aquel momento examinaba un tejido cartilaginoso que con el tiempo se iba transformando en una armazón sedosa y dura, impregnada de una viscosidad de clara de huevo.
            - “¿Crecerán más?” Los labios de la cuidadora se estremecieron al ver los muñones.
El médico agitó la cabeza; todo podía suceder entre los parias de la tierra:

            - “He visto deformidades mayores en otros chicos”-, dijo por fin.

            Vivía como un pez encadenado al borde del mar. Las monjas le envolvían el torso con un vendaje, más para librarse de la visión perturbadora que por su bienestar. La aprensión les obligó a delegar en un antiguo interno, tosco, deficiente mental, reclutado como celador a cambio de comida, que a veces las ayudaba a partir leña u otros trabajos brutales, pero que se negó en redondo a realizar la tarea. A partir de entonces él mismo se ocupó, bajo la vigilancia de una cuidadora, de ocultar los aberrantes muñones de su espalda.

            A través de los barrotes de las ventanas, veía el sol rasgando los vientres hinchados de las nubes grises que querían anegar el mundo. Poco más allá se batían las olas de un mar. Pero no eran la tierra yerta ni las aguas lo que le llamaba con ímpetu, si no otra cosa que luchaba por abrirse paso... A veces presentía otro mundo más allá del hospicio, más allá de ese país de nieve y frío. Eran breves fogonazos de luz, sueños que engendraba para resistir el encierro.

            A los ocho años era tan alto como un muchacho de doce y su pelo era de nieve. Parecía un miembro de una raza aparte, con esos ojos ovalados de mirada tan intensa que nadie era capaz de sostener. Las monjas, intimidas, veían impotentes cómo sus espaldas restallaban cada vez más repletas de mundos tenebrosos e ignotos. Era la suya una rara belleza que no bastaba para que los demás olvidasen su diferencia. Era por entonces delgado, huesudo. Muy alto. Los labios finos y elásticos le dotaban de una perturbadora, congelada expresión. Las manos longilíneas caían por los costados y cuando caminaba, con torpeza, parecía flotar.

            No se entremezclaba en las disputas cotidianas, ni participaba en las tristezas o alegrías comunes. Bastaba su presencia en una de las salas para que todos comenzasen a sentir desazón. Jamás le escucharon una sola palabra. Pero cuando dormía -cuando creían que dormía-, su cuerpo resonaba cóncavamente en un murmullo de rezos, de homilías y salmos… Donde él se hallase surgía un rumor de templo, un ámbito de ecos.

Por entonces cayeron en la cuenta de no sabían cómo había llegado al hospicio. Todos procedían del arroyo… Pero ¿y él? Un día había aparecido en una de las salas sin que nadie cuestionase entonces su procedencia.

            Dijeron –pero esto no fue sino mucho después- que poco antes de su llegada, en una noche sin luna, en el dormitorio común, remolinos de viento batieron las paredes del caserón como un aleteo que arrancase el edificio de sus cimientos… y, cada uno de ellos, animados tal vez por el atrevimiento de los demás, reconoció que una túnica blanquísima caía del cielo sumergiéndolos en un sueño. El aburrimiento, la mala alimentación y las taras con las que cada cual cargase, provocaron que durante días se multiplicasen las disputas acerca de si el edificio había sido realmente arrancado de la tierra o era que algo había caído de las estrellas...

Se podía mascar la tensión cuando recordaron las corrientes de aire removiendo los cimientos del caserón, el día en que Dédalo llegó. Este hecho, oculto en el inconsciente colectivo hasta entonces, consiguió que muchos se atrevieran a exteriorizar su rechazo latente hacia él.

             Caminaba como un marinero encallado en tierra. Vestía con una mísera manta agujereada por donde metía la cabeza a la manera de un poncho. Nunca le vieron lavándose en los barreños cuando se descongelaba el hielo –jamás las monjas se habrían atrevido a forzarle-. Pese a todo, no desprendía hedor alguno si no que los internos - si hubiesen tenido conocimiento de estas cosas- habrían pensado en cirios, en casullas de obispos o, incluso, en el aire de las urnas que guardan las reliquias incorruptas. Como es sabido todo esto no tiene prácticamente olor, pero todo lo que atañía Dédalo eran atmósferas imprecisas y sugestiones nada claras. Carecía, por decirlo así, de una presencia definida.

            Pasó unos días rondando por el jardín, adonde llegaba el estruendo del mar. Se comportaba como si pudiese escuchar los gritos de auxilio procedentes de un naufragio.  La noche que estalló la tormenta parecía un pájaro asustado que no supiese qué es o donde está. Los internos, acostumbrados a sus rarezas, no le prestaron mayor atención. Sin embargo, el celador, con el instinto animal que conservan los imbéciles, era un depredador que olfatea el miedo en una presa. Con las primeras luces del alba, Dédalo rompió a correr.

            Las monjas prohibían las salidas sin permiso del caserón. Pero ahora, en un descuido del celador que rumiaba junto a la chimenea, un fugitivo rebasaba el jardín y corría veloz en dirección a la playa.
           
            Dieron enseguida la voz de alarma. Los muchachos se sumaron a la persecución: eran pocas las ocasiones de romper la rutina o, quizás, emprender una huida que los alejase para siempre su cobijo obligado. En el fondo de sus corazones, sabían que no estaban preparados para sobrevivir en un ambiente hostil que volvería a rechazarlos.

            El fugitivo corría con sus pies longilíneos aferrándose a las rocas de nieve y musgo. Con el cuerpo desgarbado bailando dentro del saco. Escorado en un ángulo imposible. Sin esfuerzo, mientras que los demás le seguían entre bufidos y tropiezos. Desconfiaban de poder alcanzarlo cuando se descolgó entre unas rocas. Entonces disminuyó el furor con que lo perseguían y, muy cerca ya de él, se detuvieron. Miraba quieto hacia algún punto a sus pies, como si aquél hubiese sido el motivo de su huida.

            Al principio había sólo guijarros. Espuma entre las rocas. Un tronco cubierto de rémora; un tablón, quizás, procedente de un naufragio… En el cielo sombrío se arremolinaban las nubes recién descargadas.

            - ¡Mirad, es un pez! Exclamaron. Era una cola claveteada de crustáceos batida por el mar entre las rocas. La marea debió arrojarlo allí, varándolo en la trampa de piedras punzantes. Era el pez más grande del que jamás hubiesen tenido noticia. Sus escamas eran como tejas mientras que la parte superior, envuelta en algas, permanecía oculta.
            El celador llegó arrastrando su corpachón campo a través. También él se quedó pasmado e, inmediatamente, se arrojó al agua para sacarlo. Lo abarcó con sus brazos fornidos mientras que el pez, palpitante, se dejaba hacer. Pero el cuerpo impregnado por aceites derramados en mil naufragios se deslizaba, una y otra vez, de entre sus manos. Los muchachos se arrojaron para ayudarle. Abofeteados por las olas, tampoco conseguían sujetarlo.

            Dédalo contemplaba impasible los esfuerzos de los demás. Acuclillándose, extendió los brazos y el pez brincó atendiendo a su llamada. El salitre en sus escamas titilaba como los ojos de la amada en el regazo del amado. Saltaron juntos por las rocas hasta donde el mar rompía. Un híbrido fabuloso se recortó por un instante en el horizonte. Lo soltó. De pronto el viento desató las algas anudadas sobre el torso y, mientras se sumergía, unos pechos turgentes, una rubia melena, asomó fugaz. La onda se expandió en el agua hasta que el rizo de una ola la borró.

            Regresaron pensativos al caserón. Dédalo les seguía cabizbajo. Si se hubiesen fijado en él, habrían advertido que una luz nueva flotaba en sus ojos.

            Fueron pasando los meses. Recordaban a Dédalo levantando un pez tan grande que ni el celador había podido con él. Pero cada uno de ellos olvidó de inmediato la naturaleza de ese pez. Los que padecían alucinaciones esporádicas temían que las monjas les incrementasen la sedación, que consistía en baldes de agua fría arrojados por sorpresa. El resto, ante la posibilidad de recibir un tratamiento semejante decidieron, sin cambiar una sola palabra, borrar la imagen fugaz. Al poco de regresar al caserón, la visión de los pechos y la rubia melena era ya un sueño desvaído que terminó por diluirse. 
             Dédalo comenzó a frecuentar los bosques sin que le importasen las inclemencias que tuviese que padecer. Dorado por el sol, curtido por el frío, adquiría un aspecto andrógino y fuerte. Su piel se tornó brillante, elástica, y su pelo oro viejo. Su mirada, siempre abismada en la noche, contenía la insondable profundidad del universo. A los habitantes del caserón no les llegaba el aire a los pulmones cuando el muchacho de la espalda combada andaba cerca, con lo que le dejaban quedarse afuera todo el tiempo que quisiese. Tal vez las monjas deseaban que un día se marchase para no regresar más.

            Un día, las monjas atravesaron en tropel el comedor. Había desaparecido un niño pequeño y no sabían por dónde comenzar. Una anciana enjuta, nerviosa, se acercó al celador, que hundía las fauces en un trozo de carne sanguinolenta. No se inmutó cuando le habló y la monja abofeteó su rostro grasiento. “¡Puerco!”, le espetó. Él la miró con una lujuria animal, tan intensa, que se podía cortar con un cuchillo.

            Dijeron que alguien cercano raptaba niños que luego vendía a terratenientes perversos. Ese ámbito de desheredados, de seres intercambiables entre sí porque no existían ante la sociedad, consiguió que se estremeciesen ante su destino y que se uniesen para buscarlo. Removieron cada rincón de caserón. Levantaron muebles, abrieron pasadizos clausurados desde hacía años y golpearon baldosas en busca de oquedades. Batieron el bosque con perros de presa que les prestaron campesinos de los alrededores, pero sólo trajeron alimañas despedazadas entre sus jaulas de dientes.

            Entonces recordaron el pozo del jardín. Quisieron descolgarse por el borde oscuro, pero no había cuerda suficiente para hacerlo. El celador, indiferente a todo lo que no fuese dar gusto al cuerpo, roncaba sobre un jergón de paja en el corral. Fueron a por él. Con desgana, con más miedo a perder el empleo que voluntad, arrojó grandes piedras dentro del pozo. Era tan profundo que no resonaron y, en un descuido, se escabulló otra vez.
Al anochecer estaban agotados. Hicieron recuento de los compañeros desaparecidos durante años. Su ausencia les había ayudado a imaginar que siempre podían fugarse hacia una vida libre en la que, en realidad, no creían.

Rumiando su odio contra el celador, supieron que había vendido al pequeño a cambio de cualquier nadería. Una escopeta oxidada bajo su jergón fue, para todos, la prueba del crimen. Un enjambre le rodeó. Le sacaron de su escondite a empellones. Le ataron las manos a la espalda. Chilló como un cerdo mientras le ceñían la soga colgada de un árbol. Su cobardía le impidió defenderse y le impidió retener las inmundicias de sus intestinos. Las monjas, tras las ventanas, no querían entorpecer los designios de la providencia…
Un estupor congelado les recorrió cuando un cuerpo fibroso se interpuso. Se habían olvidado de él durante meses y ahora casi no podían reconocerle. Pese a que las protuberancias en la espalda habían aumentado tanto que se la deformaban, levantando la mano, Dédalo parecía un rey mudo. Su aspecto imponente aflojó por sí solo la soga del cuello de toro del celador, quien, todavía bajo peligro de muerte, no se bajaba de la piedra adonde lo habían encaramado.

De un salto de pantera Dédalo alcanzó el borde del pozo. Antes de sumirse en él, les advirtió con la mirada… ¿Cuánto tiempo transcurrió? Escucharon rumores, chapoteos lejanos. Un viento trepando desde regiones profundas y húmedas. La cuerda, que todavía pendía del borde, se estremeció justo antes de que ascendiese. La cabeza hechizada del niño surgió primero. Luego, los firmes brazos que lo sujetaban. No fue hasta que le rodearon, incrédulos, que el niño rompió a llorar.

Dédalo se alejó, en silencio. Como había llegado.

            Nunca se explicaron la caída del niño al pozo pero, con su cobardía, el celador se granjeó la aversión de los internos. Aquel hombre elemental, útil por su mera fuerza física, se refugió en su cubículo salvo para recibir las asperezas de las monjas, a quienes obedecía con una docilidad resentida. A través de las hendijas de los tablones del corral, lo veían revolcándose en estiércol mientras ahogaba su frustración con vicios que no excluían el comercio carnal con las bestias. Los chicos comprendieron por qué los cerdos, las gallinas ponedoras y las vacas que amamantaban a niños y adultos, se alborotaban en las noches apacibles. A partir de entonces le espiaron para atormentarle arrojándole trozos de estiércol justo antes del apogeo.

            Fue por aquellos días que notaron una presencia ajena en el caserón. Los muchachos se despertaban en mitad de la noche, bañados en sudor, sintiendo un cálido aliento sobre el rostro. Los muebles restallaban desde el interior de las salas cerradas, que ellos escrutaban inútilmente a través de las cerraduras. Objetos desaparecidos años atrás aparecían ahora en cualquier lugar insospechado. Unas sombras se deslizaban por los corredores y las maderas del ático se quejaban, pero ellos ignoraban hasta qué punto eran reales o fruto de una inquietud cada vez más exaltada.

            El caserón entero sesteaba cuando un fuerte grito restalló. Con el corazón en un puño, temerosos de lo peor, se desperdigaron por los pasillos hasta que encontraron a la cocinera descoyuntada junto a una ventana. Sin duda había resbalado al pisar un charco de nácar cristalino que goteaba desde la cortina.

            -¿Semen? Murmuró la superiora. Y la monja que lo examinaba retiró la mano como por la descarga de un calambre. Todos pensaron en el celador, que era el único capaz de liberar semejante cantidad de esperma.

            Pero no pasó mucho tiempo hasta que encontraron otros restos que les hicieron recapacitar. Eran coágulos blanquecinos, pedazos de nube endurecida como plumón de ave empapado en clara de huevo, con lo que concluyeron que algún animal del bosque se había refugiado allí. Clavetearon puertas y ventanas y revisaron cada sala con intención de atraparlo. Por fin, alguien se percató de que el rastro continuaba por las escaleras.
            El ático, inhabitable, se encharcaba con la lluvia a través del tejado desmoronado. Era este el caballo de batalla de unas monjas que tenían que soportar que la humedad reblandeciese hasta los cimientos del edificio. Tiempo atrás habían decidido ignorar esa parte de la casa, con lo que evitaban tenazmente subir a sus habitaciones. Ahora, no tenían más remedio que claudicar…

            La escalera de caracol rechinaba con cada pisada. Llegaron a un pasillo que se ahondaba en la penumbra. Forzaron una puerta. Un revuelo de palomas que rozó las cabezas huyó por un boquete en el techo. El viento tableteaba en la ventana y ondulaba los visillos clareados por la luna. Recorrieron las demás habitaciones, que estaban también desoladas.

            Frente a la última puerta les detuvo un rasgueo que surgía del interior. Empujaron todos a una para sorprender al intruso. Sobre una silla desvencijada había unas vendas dobladas como la mortaja de un resucitado, que estaban untadas con los mismos restos desperdigados por la casa. Una luz dorada daba a las cosas un aire irreal. Avanzaron hacia la luz. Entonces lo vieron: sentado a la mesa, alguien, intensamente concentrado, escribía. A pesar de las alas blancas en su espalda lo reconocieron de inmediato por lo que no tuvieron miedo. La pluma que sujetaba era idéntica a las demás que brotaban de su cuerpo. Poco a poco fueron abismándose en su aureola, que irradiaba una potente ensoñación. Lo sintieron vibrante, levemente desenfocado; atrapado quizás entre dos universos distantes entre sí. Entonces se asomaron por encima de su hombro y comprobaron que escribía en un grueso volumen.


            El cuerpo se levantó parpadeante. Era grande, mucho más que la última vez que lo vieron. Arrancó unas cuantas hojas del libro, desplegó sus alas que rebasaron los límites de la habitación y se hundió en el firmamento. Todo sucedió en un instante o quizás muy lentamente; en un lapso fuera del tiempo que clavó en las retinas una única imagen que escribía, que volaba, que se adentraba en la noche. Siempre hubo quienes en cualquier situación creyeron que lo veían, que recibían su ayuda incluso, pero nunca supieron con certeza sí era real o una emanación de su pasado.

jueves, 5 de marzo de 2015

Y OTRO MÁS...



Recuerda la primera telaraña que tejió, allá en el hospicio. Los internos estaban tan perdidos como él; un ámbito de desheredados que le despertó el impulso de comunicarse con ellos. Entonces, poseído de un fervor imparable, enhebró una red de símbolos surgida de su interior. Cuando trató de comprender qué mar de corales y caracolas blancas había dibujado no lo consiguió, aunque atronasen sus emociones con la fuerza de un oleaje. Ante la posibilidad de haber plasmado la esencia de su alma, los cosió con un sedal de pescador. Más tarde supo que para cada uno de los internos había diseñado un fragmento que tocaba su corazón, aunque el resto les resultase tan incomprensible como lo era para él mismo.
                            
            Hubo una época en que la incógnita acerca de su naturaleza le dominaba. Entonces pensó que, quizás, también él podría sentir esa fiebre entrevista cuando sorprendía el fragor de unos cuerpos rozándose en la intimidad de las casas…

La primera vez fue en la calle, cuando el gemido de una mujer derrumbada entre unos contenedores llamó su atención. Quiso insuflar aire en sus pulmones y su rostro recuperó al instante el color de la vida. La cercanía de la muerte y el aire purísimo que la inundó hicieron que exudase un aroma animal, pletórico de secreciones hormonales y de alcohol. Atolondrado por el impacto de una vaharada que podría acoger el filo de un cuchillo, le arrebató la botella llena del néctar de los hombres y la vació de un trago. Fue una decisión insólita, pero un vértigo imparable le empujaba.

Ella palpó el cuerpo velado para agradecer la ayuda con el único salario que conocía y deslizó sus manos febriles por debajo de su gabardina. En la penumbra apenas podía verle y lo aceptó sin preguntas, aunque su garganta rugió feroz cuando alcanzó el sexo divino. Él recibió las caricias como un adolescente aturdido que se deja guiar por manos expertas. Los restos del animal que conservaba irrumpieron con fuerza tras eones de inactividad. El lúbrico despertar de su verga de cristal era de pronto un diamante capaz de taladrar todas las carnes. Los golpes vigorosos de sus caderas ondeaban las puntas de la gabardina y la hembra se abría como la tierra yerta con las lluvias tropicales.
Ese día conoció el instinto que enloda el espíritu con los ardores del infierno.

Hubo otras más. Cuando en la distancia escuchaba el clamor de un cuerpo solitario se colaba por la ventana, pirueteaba sobre ellas o las aguardaba en la oscuridad de sus camas donde su mirada ovalada las hechizaba. Otras veces llamaba al domicilio sin luz y, sin fuerzas para cerrar la puerta, caían por la pendiente de sus deseos. Jamás permitió que tocasen sus espaldas. Si alguna vez intuyó que esto podría suceder, giraba el cuerpo desatado para ayuntarse como lo hacen las bestias. Entonces brotaba el germen animal mientras sus caderas vigorosas golpeteaban las nalgas enrojecidas por el gozo.
A menudo eran mujeres aturdidas que ansiaban compañía para poder dormir después de semanas en vela. Discernía signos físicos que ellas mismas desconocían; verrugas que anunciaban enfermedades fulminantes o lunares que significaban virtudes que probablemente jamás descubrirían. Ignoraba los cánones de belleza, la edad o la firmeza de sus carnes puesto que, ante todo, eran para él miembros de una raza aparte.

Los cuerpos que frecuentaba envejecían con los años mientras que el suyo se fortalecía sin cesar. Sus instintos animales crecían con su uso y esto le avergonzaba ya que embotaban su verdadera naturaleza. Se había lanzado a aquel lodazal para ahuyentar su soledad sin que ahora se sintiese más unido a lo humano. Con cada descarga de frenético deseo, las hembras le resultaban tan ajenas como lo eran antes de poseerlas.

            Regresa con frecuencia a casa de Jacinto, para velar por él y porque le trae recuerdos de su estancia en el hospicio. Allí pasa el tiempo escuchando los ruidos que hacen los vecinos: la familia con el niño pequeño en el piso de al lado; sus lloros constantes y las discusiones con el hombre que llega borracho. La viejecita del ático a quien, a veces, un adolescente ayuda a subir la compra. Y todos los demás sonidos banales que llegan desde los otros pisos… Al cabo de las horas resuenan pasos en la escalera, el ascensor y la llave en la ranura pero cuando entran, sólo encuentran los visillos ondeando con la luna.

            Cuando se abisma en su mundo interior aletarga sus sentidos y reduce sus vibraciones, de manera que nadie alcanza a percibir el resto corporal que deja afuera. Lo consigue estando seguro de que allí adonde viaje su espíritu trasladará todo su ser; una convicción sin fisuras que doblega la materia.

            Hace días estaba en el cuarto de ascensores. Su cuerpo embalsamado de telarañas permanecía en pie con la rigidez de una momia, su mente vagaba por regiones remotas. De pronto una pelota botó desde la puerta entreabierta y asomó una cabecita que buscaba el juguete perdido. El niño le miró e hizo ademán de entregárselo, pero un hombre lo sujetó desde el umbral -“Ahí puedes hacerte daño”, dijo.

            ¿Cómo pudo verle? Tal vez su mente sorprendida empañó el cristal de su cuerpo haciéndole de pronto visible. El hombre no se percató siquiera, pero el pequeño habría podido incluso tocarle. ¿Aquella mirada no consiguió que sintiese algo nuevo? ¿Un cosquilleo que le hizo más real? Y entonces aprende de su naturaleza pues si algo hay entre los hombres que le conforte, esto son los ojos de un niño.

            Siempre le apenó ver a la vieja del ático subir las escaleras cargada con la compra. Desearía ayudarla pero, salvo que deba entregar un mensaje, no le está permitido inmiscuirse.

Suena el teléfono en casa de la mujer:

- ¿Patricia Olmedo?  Encontramos este número en una cartera. Sentimos tener que comunicarle…

            Y le dicen que su hijo, de quien hace tiempo que no sabe nada, murió en un accidente. El auricular golpetea contra la pared, un cuerpo frágil se desmorona como un fardo y él comienza a escribir sin remedio. Más tarde subió como una pluma que apenas rozase los escalones, deslizó la hoja por la rendija entre la puerta y el suelo y esperó acurrucado… La respiración alterada, zapatillas taponando la luz entre las junturas; un bisbiseo de labios que descifran y el llanto callado que alivia un tormento. Como tantas otras veces desconoce el contenido del mensaje que escribió, pero sabe que sólo estuvo completo cuando fue leído. Aquel que no puede entremezclarse con los hombres, tiene una razón de ser.



martes, 17 de febrero de 2015

jueves, 12 de febrero de 2015

OTRO FRAGMENTO DE UNA NOVELA (-¿Pero aquí no habla la gente? -No, aquí no habla la gente).

…Y mi ser lleva toda una vida trepando por los edificios, viviendo la mayor parte en sus entrañas, lo cual me da derecho a afirmar que son organismos vivos que nacen, crecen, menguan, mueren. Defecan cuando la infinidad de cañerías vierten sus inmundicias al subsuelo, respiran por sus ventanas, a través de sus instalaciones de aire acondicionado, por todos los poros en su piel de paquidermo. Por todas partes existen aberturas traspasadas por el aire, por el polen, por la humedad, por el frío invernal o la tórrida canícula. Los edificios enferman por defectos de nacimiento, cuando movimientos en el subsuelo los desequilibran y, cuando en sus inicios fueron maltratados, envejecen antes de lo previsto. Gozan, en cambio, de buena salud si recibieron buenos genes y si los cuidan mientras viven. Al igual que todos los seres disfrutan de juventud, de una madurez serena y fuerte, y envejecen con los años. Tampoco ellos escapan a la muerte. Quienes crean que no son seres vivos, están equivocados. En las terrazas recala la fuerza de los astros y el sol dora su piel de día. La lluvia los limpia y riega como hace con los árboles. Son grandes titanes que atesoran tanta materia orgánica como pueda haber en los bosques. La variedad animal, vegetal y mineral que guardan es representativa de la de todo el planeta. Por su interior pululan infinidad de seres que viven y mueren como si de una gran arca de Noé se tratase.

Hay tejados selváticos cuajados de tierra y semillas que el viento alcanza. Verdaderos bosques impenetrables olvidados de todos. Amazonas de matorrales, arboledas y colmillos de sable emboscados entre ellas. Ningún gigante prehistórico pudo igualarles. Son los diplodocus del mundo actual, los mamuts de nuestro tiempo. Multitud de corazones son sorbidos por la mole repleta de una humanidad vibrante en sus entrañas. Por sus arterias corren mares de sangre, de heces, de mucosidades. Todos los días y noches se liberan en su interior litros de semen, de saliva, de sudor... Sus paredes contemplan asesinatos, milagros, nacimientos, muertes y alegrías. Si sus órganos hablasen nos arrodillaríamos reverentes ante el dios enorme y sabio que nos cobija. Reabsorben minerales del subsuelo donde arraigan, fluidos telúricos que ascienden transfundidos por sus venas, sembrando de arrugas y hoyuelos el planeta. Limados por el viento, azotados por la lluvia, desde el espacio se perciben semejantes  a verrugas, nódulos, nudillos rocosos; cartílagos y rótulas regadas por la luna, surcos y montañas de raíces profundas. Tienen vísceras, pulmones, corazón, mente. Se doblan como el junco ante los vendavales, hincan sus raíces dilatando o contrayendo sus espaldas cuando la tierra tiembla furiosa. Desconocen el silencio pues sus cañerías gimen con el frío o ronronean con placer en el verano. Multitud de veces me sobresaltaron en la noche extraños sonidos semejantes al que hacen los astros al girar pues gritan, aúllan con el viento y dialogan consigo mismos y con quien quiera escucharles. En una ocasión me salvaron alargándome un cable cuando caía al vacío y otra me tendieron un puente frente al hueco del ascensor.
                                
A veces me tendí en un rincón, en una esquina olvidada de todos, adormecido en un armario empotrado en cualquier piso vacío, con una botella de anís en las manos y el rostro amortajado de telarañas. O en una sala de ascensores desechados cuando el clamor de televisiones, bocinazos, gritos y lloros dejó que el silencio creciese en mi interior y, entonces, sentí un murmullo de tripas de gigante reptando desde el abismo, expandirse por los rellanos hasta llegar a mí. Otras veces, he dejado caer el chorro de orina hasta la calle para medir los metros que me separaban de la tierra y comprobar que había sido esparcida por el viento, diseminada en la nada sin que una sola gota tocase la tierra. La orina pulverizada en la distancia, en el espacio, en el vacío, y yo en el más alto tejado bailando desnudo con el cielo de ascuas por techo y una lluvia de estrellas sobre mi cuerpo. Una orgía frenética girando en redondo hasta caer empapado y feliz.

Los constructores decidieron proveer el edificio donde vivo de extensos jardines en las terrazas. Anunciaron que la vegetación mejoraría la calidad del aire y que absorbería el agua de lluvia disminuyendo las goteras. Se presumía además que regularía la temperatura del edificio calentando o refrigerando los ambientes, porque la tierra actúa como aislante térmico. Se consideró la amplia extensión a cubrir –varias terrazas intercomunicadas- sin que nadie dijera que esto supondría algún contratiempo. Afirmaron, incluso, que los pisos superiores se iban a revalorizar al estar más aislados contra el ruido por la masa vegetal. Pero el paso del tiempo puso de manifiesto que la tierra tenía características inadecuadas y se equivocaron también en la elección de las plantas, excesivamente fértiles para la climatología del lugar. La consecuencia fue que los jardines, que deberían haber sido ordenados y metódicos como parquecillos japoneses han llegado a ser boscosos, selváticos según qué zonas. No son pocos los vecinos que en las reuniones de escalera se quejan de ruidos molestos, ladridos, rugidos y otros sonidos intimidatorios procedentes de las terrazas que, repletas de tierra fértil amamantada por las lluvias, se ha ido desbocando sin que nadie sepa bien hasta qué punto. No sabemos si esto es totalmente cierto porque los ánimos flaquean nada más plantearse subir.
Algunos dicen que son varios los perros extraviados que buscaron refugio arriba y que, desde entonces, se han ido reproduciendo. Un vecino del piso 16º se quejaba de que por las noches su perro se pone a aullar al son de no sé qué jauría. Hace ya tiempo que doña Felicidad, vecina de la escalera 4B, piso 8º, confesó que a uno de sus novios, propietario de una tienda de animales, se le habían escapado dos cachorros de tigre por las escaleras sin que lograra recuperarlos. Doña Felicidad sobrelleva su postmenopausia trajinándose a todo varón que se le ponga a tiro, a todos menos a Fermín, vecino de su escalera que hizo lo imposible por conseguirla, sin lograr más que rechazos. Tal vez fuese que doña Felicidad notó que era un resentido. O simplemente porque era gordito y calvo, con un diente de oro que le daba un aire mafioso, pero lo cierto es que el despechado inició una campaña que logró desacreditarla, como lo demuestra el hecho de que a doña Felicidad le pusieran el mote de ‘La domadora’. Fuese o no cierto lo de los tigres, la situación se fue agravando de tal manera que, si antes los conserjes se hacían los remolones, ahora no suben ni bajo amenaza y eso que constan despidos por tal motivo.
Alarmados por un ruido más violento de lo habitual, algunos vecinos se reunieron en una ocasión en el descansillo. Los más prevenidos estaban en pijama, otros en calzoncillos y las mujeres con alguna teta asomando bajo la bata ¡A qué viene tanto follón por una corriente de aire!, dijo un desinformado recién llegado del bar a quien pusieron enseguida al día. Carecían de valor para subir pero pronto apareció una escopeta de caza, tan antigua que parecía un arcabuz, y el milagro se produjo. El grupo avanzaba a trompicones por la escalera, pisoteándose mutuamente las zapatillas y formando una piña como si una fría noche de invierno los juntase y no hiciese un calor de mil demonios. Ninguno se atrevía a reconocer en voz alta que no tenían prisa y todos se sobresaltaron cuando comprobaron que habían salvado varios pisos en un periquete. Tenían ya la puerta de la azotea frente a ellos, se produjo un sonido similar al de unas tripas estresadas y, de golpe, rompieron a correr en desbandada. Poco después, recién recuperado el resuello, entre sábanas recién planchadas más de uno comentó con su mujer cuán cobardes eran los conserjes y que eso lo arreglaba él en un santiamén congelándoles la nómina.